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martes, 6 de septiembre de 2011

Lucila Rosario Lastero


Lucila Rosario Lastero/ Salta –Argentina


Variantes de la normalidad



Mi mundo es confuso, cambia
de estación, y no soy maestro
del pensamiento
Federico Fellini

Quizá fue producto del estrés, no sé. Sólo sé que los sucesos extraños comenzaron con lo del espejo: descubrí que el reflejo que me devolvía esa maldita lámina de metal no era el mío, era el de otra persona. Si yo guiñaba el ojo izquierdo, la imagen me respondía guiñando el derecho y, si yo movía la mano derecha, el otro movía la izquierda. De aquel lado, había alguien, ¡alguien que me llevaba la contra! Luego llegó la época en que comencé a tener sueños anormales -más que sueños, pesadillas-, soñaba tener todo lo que deseaba y cuando estaba a punto de ser completamente feliz, me despertaba y la dicha se acababa. Era terriblemente angustiante. Pero voy a contarle lo más horrible: la inmiscusión de un fantasma en mi casa. El señor Oculto, como le llamé, era un algo que rondaba mi espacio, a cualquier hora del día, una energía, un delirio místico, no sé. Estaba siempre, en todo momento, pero sólo se presentía, no se dejaba ver.
Su misión era recordarme la soledad. Cada vez que estaba, me hacía saber que el dueño de casa era él. Yo estaba de más. Sin embargo, cuando él no estaba, me sumía en un estado de soledad tan inmenso, tan inmenso, que entonces deseaba que estuviera para poder percibir la presencia de alguien. Usted comprenderá, lo más terrible de la inmiscusión del señor Oculto no era que él estuviera sino que estuviera sin estar, ¿me entiende?. Con lo mucho que yo hubiera querido conversar con alguien.
Hasta que Carmen advirtió mi estado y recomendó que nos mudáramos. Ahora estamos en la nueva casa. Ella me sonríe, como siempre, desde la repisa. Mis sueños ya no me perturban, la imagen en el espejo volvió a ser mía y, lo mejor, ya no siento la presencia del señor Oculto deambulando entre las habitaciones de mi casa. Ahora viene una vez por semana y se sienta a charlar conmigo.



Tribulaciones de la virtud

La psicología afirma que la infancia es la etapa en la que uno modela su personalidad y construye aquellos complejos que le servirán de compañía el resto de su vida. Ese proceso va acompañado siempre de la familia, y los hermanos juegan un papel muy importante en lo que a vivencias de infancia respecta.
A mí me tocó crecer a la par de una hermana hipervirtuosa. Linda, inteligente, charlatana, ingeniosa, tenía la particularidad de ganarse la simpatía de cuantos la mirasen. Esto quizás hubiese sido un hecho digno de pasar por alto hoy, de no haber mediado la circunstancia de que yo, su hermana menor por dos años, era precisamente fea, apática y con pocas luces.
En la escuela, las maestras se encargaban de recordarnos nuestras diferencias. Como ambas íbamos al mismo colegio y a la división “A”, a mí me tocaban las mismas señoritas que ya habían experimentado la fortuna de tenerla a ella por alumna, y cada una me recibía al inicio del año con una sonrisa y un buen concepto anticipado por ser “la hermanita de…”. Al principio, creían que yo era tan inteligente como ella, pero luego se daban cuenta de que conmigo iban a tener que derrochar más paciencia y esfuerzo. Cada vez que mamá iba al colegio para averiguar sobre nuestro rendimiento, las apreciaciones eran las mismas. La frase que le correspondía a mi hermana era “¡Es tan inteligente!”, mientras que la que quedaba para mí era “Le cuesta, pero… ¡es tan estudiosa!”. Pronto concebí a la inteligencia como una virtud antagónica a la voluntad, tanto como para convencerme de que al poco inteligente no le quedaba otro remedio que ser voluntarioso y estudiar para tratar de compensar, con su tenacidad, la estrechez de su mente. Para colmo de males, tampoco podía ocultar mi poca provisión de neuronas con mi simpatía o con mi belleza. Era una nena insulsa y fea. Los comentarios también operaban en ese aspecto, y mientras a mi hermana le caía encima la exclamación “¡Qué nena más bonita!”, lo único que yo podía escuchar para mí era “¡Es tan estudiosa!”. El tiempo pasó, dejé la primaria, atravesé a golpes la secundaria y llegué a la universidad, dispuesta a emprender una carrera que sin duda resultaría difícil, muy difícil, como cualquier nivel de estudio en mi vida. Para ese entonces, yo ya estaba convencida de odiar cualquier comentario sobre mi voluntad y mi dedicación al estudio, porque eso significada recordarme, indirectamente, mi condición irrevocable de fea y tonta.
Un día me recibí al fin de profesora de Historia, y al poco tiempo entré a trabajar en el mismo colegio al que yo había asistido cuando era una niña. El día que fui a firmar mi contrato de trabajo, mi ex- señorita de primer grado, ahora directora del colegio, me recibió llena de emoción. Me presentó a la vicedirectora y le contó que yo había sido su alumna, hacía mucho tiempo, sin dejar de agregar el comentario indispensable para la ocasión: “Seguro la profesora es una excelente profesional. ¡Fue siempre tan estudiosa!”

Injusta condena

Cuando el cuerpo del viejo cayó como un cuero seco sobre la cama, supe que ya no se levantaría más. Entonces me alegré, porque entendí que pronto llegaría la hora de mi libertad. La hora en que no tendría que soportar más al agónico anciano ni aguantar su capricho de tenerme siempre consigo y atraparme con sus delirios y su maldito cáncer terminal. El viejo se iría de esta vida por fin, en paz, consciente de que habría llegado el momento de la inevitable derrota de todo ser vivo: la derrota para siempre. Yo, por mi parte, también lograría la paz sin su existencia.
Pero pocos segundos cambiaron todos mis planes y mis expectativas. Llegaron en el momento menos previsto, revolvieron la casa, se llevaron cuanto quisieron, estamparon un fogonazo mortal sobre la frente del viejo. Se marcharon sin dejar señales. La justicia no pudo resolver nada.
Desde ese día, comenzó mi desamparo. Sé que algunos dicen que hasta pueden verme vagar por la casa. Yo todavía busco una respuesta, una salvación. Es que tener que andar penando por toda la eternidad me parece demasiado injusto.

Lucila Rosario Lastero

Nació el 20 de mayo de 1978 en Florencio Varela, provincia de Buenos Aires. Se radicó en Salta Capital en 1980.
Desde el año 2001 hasta la actualidad, recibió varias menciones y premios literarios en el género cuento, en concursos nacionales e internacionales.
En el año 2003 se recibió de Profesora en Letras en la Universidad Nacional de Salta.
En el año 2007 ganó el Primer premio en los Concursos Literarios anuales de la Provincia de Salta, en el género cuento, por el libro No habrá nunca una puerta. Como premio, recibió la edición de 500 ejemplares de su libro.
Actualmente ejerce como docente en varias instituciones secundarias y terciarias de la Provincia de Salta.






Junto a García Ferré-Bibi Albert-Cristina Validakis-Marcelo Murua-Ana Parlamento-Luis Holgado-Mirta Merigo -Lucila Lastero- Abreu y Ramirez Cerquera.

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