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sábado, 6 de abril de 2013

Laura Adriana Ororbia


LAURA OROBIA
CÓRDOBA ARGENTINA


EN ROPA DE DORMIR
                      A Susana Brufman

La casa quedó muda

       no quiso dejarla
se aferró a las paredes
   al cartel de la reja
al césped, a la sala
a lo triste que deja
el polvo en los muebles
         
       así y todo, parece
que fue la soledad
quien tomó posesión
cuando vino a buscarla.

CON LA MISMA FACHA                                         

Una idea distinta
un reguero de pólvora
una pista de patín
un tumulto
un enchastre 1 de rayones
 contra el piso.

Terror y silencio
con verdades de mentira
de alud en cumple años
tragados en un pozo

______________________________________
1- Aclaración: Licencia que toma la autora proveniente de la jerga rioplatense de uso corriente actual, a la que dio origen el lunfardo.  Entiéndase “enchastre” como derivado de la palabra
1-enchastrar (Argentina, Uruguay  coloquial) Ensuciar o manchar [una persona] a alguien o algo.

el mismo espejo cataclismo
    que declaran a mano alzada


que sus rasgos se pegaron a otros niños,
los que corren por la casa,
y rayan esos muebles
y remueven las capas de tierra
que nubla el reflejo.

Son rayos de luz,
una flor, una sonrisa con dientes de leche
     mientras el camino sigue haciendo pliegues
unas manos chiquitas lo enfrentan a su espejo
y ve, en otra imagen parecida a su cuerpo

prolongar su energía
y se le llenan de vida los ojos
y un color distinto aclara su voz
cuando escucha, así bajito:
 yo vine a buscarte, abuelo,
        te quiero conmigo.

EN PRIMERA PERSONA


“  La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.”
Jorge Luis BORGES
poema “La lluvia”,
del libro “EL HACEDOR” ed.1960


Los ojos de mis manos
recorren los agujeros
del trazo de un cuchillo
        están allí sin verlos
son tajos en su filo
que ahuecan la memoria
          es bruma el pensamiento
sucede todo ahora
al borde del pasado

es bruma el pensamiento
   mi persona lo empuja
       los pasos siempre quedan
viciados de ayer
        intérprete soy yo
el hacedor de ahora
         lo demás es la lluvia
es algo que pasó
que resbala y se apega
a nuestra gravedad
      inevitablemente
después que sucedió.



   Zulma Esther Prina, Antonio Guzzo, Laura Ororbia, Alumno y maestro de la Escuela Dojorti de Jachal 
,
Laura Adriana ORORBIA, nació en Capital Federal en 1967, vive en Leones,  Córdoba. Desde noviembre 2009, la profesora de Letras María Isabel Frutero, la impulsó a darse a conocer; así, su poema “Juana Azurduy” obtuvo el Segundo Premio y Antología, en el Certamen Nacional Bicentenario de la ciudad de Mercedes, Bs As; y Recomendación de Jurado en Poesía y cuentos, en el Certamen Ediciones Ruinas Circulares.  Participó en la Antología del VIº Encuentro Comunitario Internacional de Escritores Entretejiendo Imagen y Palabras  de San Juan, Argentina. Integra la Red Mundial de Escritores en Español (REMES) y en Diciembre de 2011 recibió el reconocimiento del condado de Miami-Dade, por el aporte cultural y artístico a la comunidad, al integrar la selección de escritores exponentes en el Encuentro Literario Internacional Luz del Corazón, organizado por Mery y Marta Larrinua.

http://enfugayremolino.blogspot.com/           Blog experimental                 11 Febrero de 2011
Tema: Homenaje a los escritores cotidianos que 
partieron.                           6 Febrero de 2012


Cuento elegido por Laura Adriana ORORBIA, para compartir con público y escritores en el encuentro realizado en Jachal

Ella nos dice:¿Por qué elijo “La Maceta” de Laura Massolo?

La trama del cuento en lenguaje coloquial me resultó atrapante. La locura es el misterio que rompe con la idea del protagonismo humano, para hacer foco en el objeto como instigador y testigo de una obsesión; la cosa sustenta a la paradoja como semilla de esperanza y sino fatal.

LA MACETA de Laura Massolo
¿Sabe dónde está la llave? La tiré por la ventana del dormitorio. Ahí debe estar. Porque Natalia salió así, caminando, y dejó todo abierto. Una persona que sale dispuesta a suicidarse, no piensa en cerrar una puerta. Una persona que ha perdido el juicio, no piensa en cerrar una puerta.
Pero no estoy tratando de decirle que Natalia estaba loca. No es eso. Entiendo que la desesperación nos haga perder el juicio, y que hay distintos grados de desesperación. Hasta le diría que  entiendo algunas exageraciones. Dicen que Dios reparte en cada uno de nosotros, exactamente, el peso y la medida de la cruz que podemos soportar: ni un gramo más, ni un centímetro menos. ¿Usted cree en Dios?
Hay personas más débiles; eso no significa que estén locas. Yo no me atrevería a decir que Natalia estaba loca. No sé. Para mí era dócil, simple, querible. Sobre todo muy querible. Y demasiado  ingenua. Tal vez, frágil. O era ingenua porque era frágil, no sé. Pero verla expuesta a la desesperación, daba miedo; por insignificantes que a uno le resultaran los motivos que a ella la desesperaban.

Después de que usted se fue,  empezamos a conversar bastante. ¿Vio el pullóver gris que está arriba de la cama? Ése, se lo tejí yo. Lo usaba mucho. Prácticamente, lo tejí todo mientras conversaba con ella. Porque uno puede dar un consejo, o consolar a alguien. Y yo soy jubilada, profesora de música jubilada. Hijos, no tengo. Así que le tomé cariño a Natalia, sinceramente. Y ella me contaba todo.
Usted no vino para que yo le haga preguntas, usted vino para saber. No me interesa por qué la dejó. Yo no lo juzgo. Le guardé la maceta por si alguna vez  volvía a buscar las cosas de Natalia. Francamente, el día del accidente, lo vi desde la ventana; pero verlo me dio tanta impresión que no tuve coraje de salir. Perdóneme, no pude. Creo que me perdí entre lo que es la verdad y lo que es la mentira, o algo así. Le aseguro que verlo llegar con la valija, y justo ese mismo día, superó mis fuerzas. Míreme. Mire cómo se me eriza la piel. Jamás me imaginé que usted fuera a volver.
     Usted llegó y puso la valija ahí, justo ahí, justo ahí, donde estaba la maceta.
Eso me impresionó más. Yo lo miraba. Pensé que tenía que salir a darle la mala noticia, pero no, por suerte, ya estaba la policía. Menos mal, porque verlo así, usted, la valija, la maceta... Al día siguiente me traje la maceta a casa. Ahora que vino, llévesela, y haga lo que mejor le parezca; rómpala, si quiere. Cuando le cuente lo que le voy a contar, me va a entender.

De alguna manera, siempre intuí que Natalia se iba a suicidar desde que usted se fue. No se ponga mal. No lo estoy juzgando. Creo que cada uno es dueño de su vida y que Natalia fue dueña de decidir su propia muerte. Usted no es responsable de que se haya matado. Ni usted, ni esa mujer. Esa mujer vive a unas cuadras de aquí y es una pobre ignorante. Si la ve, si la oye hablar, si entiende bien lo que es la ignorancia, ni siquiera le va a guardar rencor. Cada dos por tres se la llevan presa, pero ella está convencida, honestamente convencida, de que puede ayudar a la gente. No especula, no le da la cabeza para especular, no pide plata. Si alguien quiere, le deja unos pocos pesos. Pero vive en un rancho con piso de tierra.
Y Natalia empezó a verla todos los días. Cuando estaba triste, de allá, volvía bien. Vaya a saber qué cosas le diría esa mujer. Le daba velas, amuletos, una medallita, algo líquido para limpiar la casa. Casi siempre, velas. De todos colores. ¿Ve? Desde aquí, desde la cocina, se ve perfectamente cuando hay una luz en aquella ventana. Yo veía las velas todas las noches. Todas las noches.
A lo mejor, sin querer, fui un poco cómplice de tantos disparates. Me resultó menos triste dejarla navegar por ese mundo de fantasía, de velas celestes, de hechizos raros. Natalia estaba segura de que usted iba a volver. Yo, en cambio, no lo creí nunca. No era probable: sé que usted vivía con otra persona.
           
¿Sabe?  Creo que no se suicidó antes por lo que le decía esa mujer. Cualquier otra cosa la desesperaba. La realidad la desesperaba. 
El paso a nivel queda ahí nomás. Los bomberos pasan por esta esquina. Eso siempre me hacía pensar en el suicidio, siempre. Pero de alguna manera esa mujer la mantuvo viva. No sé para qué, teniendo en cuenta esta desgracia...

Por supuesto que jamás creí en esas cosas. Entiéndame : no creí en esas cosas hasta que lo vi a usted con la valija. Mire cómo se me pone la piel. Míreme. Usted está aquí, ahora, y no sé qué decirle.
¿Quiere que le confiese algo? Reconozco que yo no le hablaba con sensatez a Natalia. Ella me contaba lo que hacía  y yo no se lo discutía; ella andaba siempre con esos rituales, con esas brujerías, y yo no le decía nada. Era lo único en lo que ponía verdadero entusiasmo. Y a mí me pareció, siempre, que decirle algo podía ser peor; que se podía cortar el hilo ¿Vio cómo es una ilusión?  Una ilusión es un hilo que nos sostiene.
Un día me contó que tenía que hacer uno muy importante; me refiero a esos trabajos de magia. Y vino la mujer con un paquete enorme, y se quedó unas cuantas horas en la casa, y había un olor raro, como de incienso. Ya, después de esto, Natalia dejó de salir.
Yo iba. Iba todas las veces que podía. Algunas no me atendía o me contestaba desde adentro. Otras, me abría apenas la puerta y hablábamos dos o tres palabras. Siempre estaba desnuda, completamente desnuda. Me decía que se sentía bien y que no necesitaba nada.
No sé cuánto tiempo pasó. Perdí la cuenta. Una noche yo estaba aquí, tejiendo estaba, y vi mucho resplandor en la ventana, demasiado. Me asusté. Me puse un saquito encima del camisón y fui corriendo por el fondo. Cuando me abrió la puerta vi las velas. Le juro que me da vergüenza contarle esto: ¿Sabe qué eran las velas? Eran falos, inmensos falos moldeados en parafina rosada. ¿Me explico bien? ¿Usted sabe qué es un falo? Quizá yo sea un poco anticuada. Le aseguro que no tenían, para nada, relación con el tamaño de los humanos. Usted me entiende. Me da vergüenza decírselo: eran monstruosos ¿Ve esa linterna? Ni siquiera, más grandes; veinte, o treinta, por toda la casa, recién encendidos. A Natalia, esa noche, se la veía delgada, ojerosa, con el  pelo revuelto y sucio. Digamos que tenía el aspecto terrible de una mujer ultrajada. Y, de alguna forma, era así, porque no le resultará difícil entender - me cuesta ser tan directa - lo que había estado haciendo todos esos días con todos esos falos. No hace falta que se lo explique: ella estaba desnuda, había sangre en las sábanas, sangre en el bidé, sangre en las canillas del lavatorio. Ella tenía sangre en las piernas.
La ayudé a ducharse, la vestí, le cambié las sábanas, le di una aspirina, le hice tomar una sopa. No sabía qué hacer. Me quedé con ella toda la noche, mientras esas velas asquerosas se consumían. Y a la mañana, cuando se levantó, la vi con la maceta. Por eso yo sé bien qué hay en esta maceta.
Juntó los restos de las velas y los mezcló con la tierra. Después, plantó un gajo de clavel. Me dijo que era un clavel rojo. A mí me gustan los claveles. Son delicados y hay que cuidarlos hasta que prendan ¿Vio? A mí, a veces, no me han prendido o se me han ido en vicio, depende de la tierra. Natalia me dijo que si no florecía usted no iba a volver nunca; pero que si florecía, ese día, ese mismo día, usted iba a volver. Le juro que yo prefería que no floreciera. Pensaba, y me imaginaba, el clavel floreciendo, y creciendo, y marchitándose, y la desesperación de Natalia.
Yo jamás creí que usted fuera a volver.

La hubiera visto, pobrecita, cuando descubrió el pimpollo. La hubiera visto saltando de alegría alrededor de la maceta. Un capullito insignificante, pero para ella era todo.
                  
Ahora viene lo peor. Por eso le digo que no se sienta culpable. Usted no tiene que sentirse culpable. Hay cosas que no se entienden. Pero a mí me ha pasado:
Uno vive pendiente de las hormigas. Las he perseguido horas con la linterna, les he puesto todos los venenos que existen. Pero una noche, de golpe, aparecen y hacen un desastre. Es así, aunque le cueste creerlo. Eso pasó con el clavel: de la noche a la mañana se lo devoraron, no dejaron nada; la maceta quedó como la estamos viendo ahora. Y todavía andaban, las desgraciadas, corriendo por el caminito. El hormiguero ahí nomás, a unos pocos metros.
Le golpeé la puerta y me hizo pasar. Por eso sé que el pullóver gris está sobre la cama. Mire, a mí no me salía una palabra, pero ella sola se asomó a mirar. Estuvo mirando un rato la maceta. Después, empezó a caminar despacio, para el lado de las vías. Muy despacio. Yo pensaba, y pensaba.  No sé qué pensaba yo en ese momento. Tantas cosas. Creo que pensé que era mejor así, de golpe, y no una agonía lenta. Creo que pensé que las hormigas habían hecho una tarea piadosa. Y cuando escuché a los bomberos no me sorprendí.
Fui, saqué la llave, y la tiré por la ventana del dormitorio. No se olvide de buscar esa llave.

Cuando lo vi  llegar a usted con la valija fue el problema. Sinceramente, le pido disculpas por no haber salido. Pero míreme. Mire como se me eriza la piel.
Por eso le digo: ya no sé si creo o no creo en esas cosas. Ni quiero pensarlo. Seguramente, esto que le conté será un alivio para usted  ¿Vio que no tiene por qué sentirse culpable?
Hágame el favor: llévese esta maceta. Y vuelva cuando quiera.  



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Biografía Breve

Laura Massolo nació en Bs. As. en diciembre de 1954. Coordina talleres literarios desde 1989. Publicó los libros de poemas Afuera estaba el mundo (2001, Bs Aires), Y amén (2002, Valencia, España) y Todas las muertes son más graves, (2008, Encina de la Cañada, España) y los libros de cuentos Al borde, (1999, Buenos Aires), La otra Piedad (2005, Buenos Aires) y El Florero roto y los dragones (2005, Salamanca). El primero  fue distinguido con la Faja de Honor de la SADE y con el Tercer Premio Municipal Ricardo Rojas.
Entre otros premios obtuvo, en cuento, el Premio Internacional “Juan Rulfo”, de Radio Francia Internacional y Centro Cultural de México. En poesía recibió numerosos premios internacionales. En novela, obtuvo Mención de Honor en el Premio de la Secretaría de Cultura de la Nación. Cuenta, además, con diversas publicaciones en España, Francia, Estados Unidos, Austria, Brasil y Perú.
Es 1º Premio poesía, V Concurso Literario 'Ángel Ganivet'  de Finlandia, 2011.
Coautora del libro “Armar un cuento”
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1 comentario:

soylauraO dijo...

MUCHAS GRACIAS, María Esther y Flia [Gran Familia], hacen, uds, que una quiera seguir creciendo.
MMMMmmm este Abracito es Bienvenido, me abrigará hasta la próxima primavera.ABRAZOS.
Laura ORORBIA
http://enfugayremolino.blogspot.com.ar/